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Quedan 2 minutos para salir. Al ralentí, el coche de Paco y Carmela espera. Llegaremos a la hora de comer, a tiempo para relevar al hermano de Paco, que se ha encargado de alimentar a los chavales durante el primer mes y medio.
Dejo Madrid cuando empezaba a quererla a pesar de sus defectos. Sus socavones, su ruido infernal, el calor pegajoso, las cucarachas, las bicicletas por las aceras. Los camareros insolentes, las mierdas de perro, la gente que te golpea y te empuja en la calle al cruzarse contigo. Los taxistas que aprovechan cualquier despiste para darte un rodeo. La agresividad de los conductores, los semáforos que cambian de luz cuando estás en mitad del cruce. Las distancias, el “está aquí al lado”, el “vuelvo en 5 minutos”, los gritos, la basura, las obras, los graffitis, los bolardos, que me han dejado moradas las espinillas… y tantas cosas que la hacen odiosamente irresistible a los ojos de quienes la vivimos, y dulcemente soportamos.
Pero no estoy triste. Se me llena el corazón sólo de imaginar a los niños riendo, jugando incansables, nadando, y exprimiendo la felicidad, este tiempo del sol y de la fruta que es la infancia y es la vida.
Desde mi ventana veo a Paco y Carmela colocar las maletas en el coche. Me miran amables y con su sonrisa me hacen cómplice de sus planes y de sueños.
Y levanto la mano y les digo que ahora bajo, y pienso, sé, que hoy toca vivir este momento con toda su intensidad. Se acabó meter la pata, dar tumbos. Sobrevivir.
Hoy todo puede esperar. Incluso Sharon.



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